Una joven esposa es débil y comete infidelidad con el bromista socio de su marido, aprovechando una pequeña salida de este del hogar.
Susy es una buena amiga cibernauta cuyos correos me han inspirado a escribir un relato sobre ella y una de sus "impropias" andanzas. Tras leerlo, me dio su aprobación para su publicación, así que aquí lo tienen.
No cabe duda. La vida de nosotras, las esposas desatendidas, está llena de tentaciones. Las más "fuertes" resisten el vendaval. Las más "débiles" solemos caer inexorablemente, de una u otra forma, en la infidelidad. Susy es una de nosotras.
Todo empezó cuando cierta tarde, Oscar, su marido y Jaime socio y amigo de éste, decidieron trabajar sobre la contabilidad de su empresa en la casa de Susy, tomando el comedor como oficina. Cuando no completaban dos horas de estar trabajando, el telefonema de un hermano de Oscar hizo que éste tuviera que ausentarse para arreglar unos asuntos familiares, por lo que se despidió apresuradamente quedando de regresar en un "par de horas".
La situación de estar sola en su casa con el mejor amigo de su esposo no debería haber preocupado a Susy, si no fuera por la "enamoradiza" personalidad de su huésped, la cual le hizo sentirse de pronto como cordera puesta sola en la jaula del lobo.
Ella sabía que Jaime era una persona muy bromista y agradable, pero demasiado "ardiente", por lo que de vez en cuando le ponía el cuerno a su pobre esposa. Antes de casarse, Jaime había flirteado a Susy, discreta pero insistentemente, cosa que acostumbraba hacer con casi todas las mujeres que conocía. Como resultado de esa forma de ser, de vez en vez se hacía de una que otra aventura, pues sin ser un galán, su amenidad suele hacerlo atractivo para las mujeres.
Por su parte, Susy había fantaseado con él casi desde que lo conoció, quizá por su fama de conquistador. Posiblemente sólo por el amor a su marido nunca antes lo había tomado en serio. Pero esta vez estaba sola con él.
Ella se sentó frente a Jaime y comenzaron a platicar de temas triviales, pero poco a poco, él fue dirigiendo el flujo de la charla hacia temas más escabrosos. Le preguntó medio bromeando que si jamás le había sido infiel a Oscar; que si hacía algún tipo de ejercicio para estar tan "buena"; que si se le ocurría alguna actividad mientras llegaba su marido; que qué tal era para hacer "lagartijas". Entre pregunta y pregunta jugaba a los "albures" y le contaba chistes cada vez más subidos de tono. Siempre en plan de broma, protegiéndose de que Susy le fuera a tomar a mal su conversación.
Si lo que Jaime quería era excitarla, lo había logrado. Susy sintió entonces una extraña combinación de miedo y deseo. Inmediatamente él notó su nerviosismo y le preguntó si se sentía bien. La respuesta no pudo ser inmediata porque la imaginación de ella le bombardeaba con "inmoralidades". Tras ser interrogada por segunda vez, pudo reaccionar respondiendo con un "estoy bien" poco convincente.
Inmediatamente, Jaime se levantó de su asiento y de manera amable le condujo al sofá de la sala tocándole "accidentalmente" los senos, alimentando la excitación de la chica. Las disculpas no se hicieron esperar. -Lo que tienes es estrés-, le dijo con seguridad, mientras la recostaba boca abajo en el sofá. -No te molesta que te dé un masaje ¿verdad?-, le cuestionó y, sin esperar respuesta comenzó a masajear magistralmente cuello y espalda, haciéndolo tan bien, que la relajó verdaderamente.
Transcurrieron tantos minutos que ella llegó a creer que en efecto, lo único que tenía en mente su huésped era darle un buen masaje en el estricto sentido de la palabra. Ahora una doble sensación de alivio y decepción le inundaba.
-¿Te sientes mejor?-, le preguntó retirando sus manos de su espalda. -¡Súper mejor! contestó suspirando con toda sinceridad, pero permaneciendo recostada. -¿Quieres que te dé otro masaje?-, le inquirió en tono de broma pero colocando apenas la palma de su mano sobre su trasero. El corazón de ella comenzó a latir más rápido. Instintivamente, en vez de contestar con su voz, abrió ligeramente sus piernas. El mensaje llegó y Jaime utilizó su mano izquierda para acariciarle en el trasero por encima de la falda, mientras que con su diestra buscaba sus pechos. No pasaron muchos instantes para que ella se diera cuenta de que Jaime era tan bueno en masajes sexuales como en los convencionales.
Tras agradables momentos de masaje superficial, le levantó totalmente su falda y bajó con delicadeza las pantimedias, dejando sus piernas desnudas y a su trasero cubierto únicamente por sus pantaletas. En seguida procedió a masajear las piernas de Susy con ambas manos. Subía y bajaba de la rodilla a la mitad de sus muslos acercándose gradualmente a su entrepierna. Ella sintió explotar de excitación cuando por fin aquel vaivén manual alcanzó a rozar la entrada de su sexo. Jaime recorrió la entrepierna de las pantaletas de manera que las yemas de sus dedos pudieran tocarla directamente y siguió con el delicioso vaivén amenazando en cada viaje con ingresarle.
Finalmente cesó el vaivén. Las dos viriles manos se abrieron camino entre las pantaletas hasta llegar a la entrada de la chica. Sin penetrarla aún, masajeó deliciosamente clítoris y ano simultáneamente, haciéndole conocer sensaciones que con su marido jamás había logrado. Mientras Susy anhelaba sentir aquellos dedos dentro, percibió el suave ingreso de éstos, que de manera simultánea ocupaban vagina y recto. Para alguien como Susy, que nunca había experimentado penetraciones más allá de la vaginal, estos momentos fueron sublimes. Jaime meneó sus manos magistralmente hasta llevarla a la antesala del orgasmo, para posteriormente parar abruptamente. Retiró sus manos, reacomodó las pantimedias de su amiga y bajando la falda le cuestionó -¿te gustó?-.
Susy se quedó helada. Por unos instantes su mente se llenó de todo tipo de calificativos ofensivos hacia él. "¿Será tan vil como para dejarme así, excitada al máximo?", pensaba. Por su mente pasó la idea de suplicarle que terminara lo que había iniciado. Afortunadamente antes de pedírselo, él levantó de nuevo su falda diciendo -¿cómo crees que te voy a dejar así?-. ¡Acababa de gastar la peor de sus bromas! Para ella, los deseos de sentir de nuevo aquellas manos frotando su entrepierna fueron mayores que su irritación. Simplemente calló y me concentró de nuevo en los prodigiosos dedos que de nuevo recorrieron su intimidad por maravillosos minutos, los cuales a medida que transcurrían elevaban su deseo de sentirle dentro.
Finalmente Jaime se decidió. Tras retirar las pantaletas, desabrochó su pantalón para liberar a su viril carnosidad. Se hincó sobre el sofá detrás de la chica y sujetándola de la cadera con ambas manos levantó su trasero en dirección a su pene. Por instantes que a ella le parecieron siglos, jugueteó tocando con la punta de su miembro las entradas de los dos íntimos orificios de su compañera, como dudando cuál oradar. Pareció decidirse por el más pequeño. Intentó en él una y otra vez con paciencia. Colaborativa, Susy separó sus piernas deseando en el alma su estreno anal. No obstante, sea por su virginidad rectal o por falta de la lubricación necesaria, su momentáneo compañero no pudo penetrarla, y decidió hacerlo por el sitio más convencional.
A Susy no le importó ese primer fracaso, pues sintió tocar el cielo cuando aquella carnosidad se abría paso dentro de su húmeda vagina. En ese momento descubrió que la amenidad y la habilidad para masajear, no eran los únicos atributos sobresalientes de su amigo, quien poseía un sexo evidentemente más voluminoso que aquel al que ella estaba acostumbrada. En cada centímetro que avanzaba, su excitación parecía llegar a su límite. Cuando finalmente el órgano alcanzó la penetración máxima, lamentó profundamente no haber hecho caso a los coqueteos de aquel hombre años atrás. En ese momento, lo último que pasaba por su mente era la posibilidad de ser descubierta por su marido en plena acción. Todas sus neuronas trabajaban en el inédito disfrute que su sexo estaba experimentando.
Mientras arremetía virilmente contra su trasero, las manos de Jaime se encargaron de despojarla de blusa y sostén, dejándola totalmente desnuda. Posteriormente estimuló clítoris y pechos elevando al máximo sus sensaciones placenteras. Cuando Susy parecía estar en la cúspide del gozo, Jaime le cuestionó -¿puedo venirme dentro?-. A manera de respuesta, Susy sólo echó hacia atrás su mano, poniéndola sobre los glúteos de él como suplicándole no retirarse. Con solo imaginarse aquel torrente de deleite fluir dentro de su ser, su cuerpo se estremeció con el mayor orgasmo que jamás había sentido, haciéndose mayor su placer al sentir aquel pequeño pero vigoroso manantial derramarse dentro de ella. No pudo contenerse. Su garganta emitió un indiscreto gemido de placer que debió escucharse fuera de la casa. No le importó.
Después de la tempestad vino la calma. Jaime retiró su miembro y abrochó su pantalón mientras Susy simplemente se tendía relajada en el sofá, satisfecha y escurriendo humedad por su entrepierna sin la menor preocupación. Los siguientes diez minutos fueron de silencio absoluto, ideales para la resaca moral. Sabía que su conciencia debería estar recriminando su actitud, pero no era así. En cambio, reflexionaba sobre el disfortunio de no haber dado cauce a las insinuaciones de su amigo desde antes. Los remordimientos no aparecieron. Por el contrario, su mente fantaseaba con las diferentes maneras de seguir el festín para recuperar el tiempo perdido.
Con un "vístete chiquita, que no debe tardar en llegar", rompió Jaime el silencio; en apariencia apenado por lo sucedido y visiblemente preocupado. Susy no hizo caso a su pedido. Se levantó del sofá sólo para hincarse a sus pies, desabrochar su pantalón y extraer la preciosa virilidad, ansiosa de besarla agradecida. Tomó entre mis manos aquella entonces flácida belleza, todavía húmeda y emisora de excitantes olores, y la comenzó a rozar con sus labios.
Las manos de Susy sintieron y sus ojos atestiguaron el rápido y estimulante crecimiento de aquel portento, que por oleadas crecía y crecía alcanzando dimensiones que despertaron de nuevo el deseo de tenerlo dentro de ella. En ese momento, Jaime la sujetó por la cabeza dirigiendo su sexo hacia la boca de ella. Aunque Susy jamás había accedido a las insinuaciones de su marido para tener sexo de esa manera, esta vez no sólo accedió, sino que le excitó al máximo la idea. Obediente, su boca devoró aquel apetitoso manjar y su cabeza inició un vigoroso vaivén dirigida por las firmes manos de su amante. Cuando parecía estar a punto de venirse, Jaime se detuvo. La levantó e hizo que se hincara sobre el sofá de espaldas a él. Tras flexionarla hacia el frente, de manera que destacara su trasero, empezó a besárselo apasionadamente, primero en las nalgas, pero acercándose excitantemente al orificio anal. De nuevo, sus dedos se tornaron mágicos cuando con habilidad extrema irrumpieron en el femenino órgano, mientras su lengua, juguetona, lamía y piqueteaba a su pequeño orificio llevando a Susy al umbral del éxtasis. Ella jamás había sentido tal necesidad de ser penetrada analmente. Nunca se lo había permitido a su marido en las escasas oportunidades en que él lo había insinuado, pero esta vez se moría de las ganas. Sin saber si él había percibido su deseo, o quizá lo había generado, Susy se estremeció de gozo al sentir la punta del viril órgano intentado oradarla.
Después de una vigorosa embestida, este segundo intento de la tarde por fin tuvo éxito, produciendo en ella la mezcla de dolor y placer más extraña que jamás había sentido. Gozó cada una de las acometidas para finalmente explotar en un apoteósico orgasmo cuando se percató que se venía dentro de ella. De nuevo sus gemidos de placer inundaron el lugar, acallándose sólo por la nerviosa mano de él que sobre su boca imploró moderación. Ella calló entonces y colocando sus manos sobre el trasero de Jaime le persuadió de no salirse. Quería seguir sintiéndolo dentro de su ser, pero la naturaleza masculina lo impidió. Aquel miembro perdió la rigidez tan rápido como la había adquirido separándose finalmente de ella.
Plenamente satisfecha, de nuevo Susy simplemente se recostó en el sofá sin mostrar mucha prisa por vestirse. Habían pasado ya más de dos horas desde que su marido había partido y podría llegar de un momento a otro pero parecía no importarle, como si deseara ser pillada por él. Jaime, en cambio, se mostraba más nervioso a medida que pasaban los minutos. Cariñosamente, pero con la preocupación en el rostro, se dio a la tarea de vestirle como si ella no pudiera hacerlo. Una a una le fue poniendo las prendas que minutos antes había retirado ansiosamente.
Después de varios minutos, Jaime podía estar seguro de que la desnudez no los delataría, no así del inconfundible olor a sexo que inundaba el lugar, de la indiscreta mancha de humedad en el sofá y, sobre todo, de la delatora sonrisa de satisfacción que Susy no podía ocultar.
De nuevo, aquel silencio sepulcral. Nuevamente una oportunidad para el arrepentimiento, que no llegó. Jaime sonreía, pero de nuevo lo delataba la preocupación en su rostro. Intercambiaron miradas por largo rato. La mente de Susy fantaseaba sobre la posibilidad de volverlo a hacer en próximos días. El rostro de él parecía implorarle discreción.
En medio de aquel ambiente tenso se escucharon los inconfundibles pasos del marido, que apresurados se acercaban a la puerta del departamento. El ruido de sus llaves sobre la chapa confirmó el arribo. Tras la apertura de la puerta, apareció el despreocupado rostro de Oscar y su cotidiana frase: "¡ya llegué gordita!". La imagen de su esposa y su socio sentados tranquilamente en la sala, cada quien en su sillón, pareció no despertar en él la menor sospecha sobre lo que ahí había ocurrido momentos antes. Ni el olor, ni la mancha, ni el aspecto un poco desaliñado de esposa y socio parecieron perturbarlo.
-¿Avanzaste algo?- inquirió a Jaime refiriéndose al trabajo que tenían que hacer. -No mucho, ... aquí, tu señora, que lo distrae a uno- bromeó cínicamente. Susy sólo rió nerviosamente. Ambos señores retomaron posiciones en el comedor mientras ella, tras ofrecerles botanas y bebidas, se despidió para ir a dormir confiada en que su marido no se hubiera dado cuenta de lo ocurrido, pero un guiño de él en ese instante la hizo dudar.