Logotipo de porlospelos.com
Contacto Añadir a favoritos Página de inicio
 

Estas en » Portada  » Relatos Eróticos  » Infidelidades  » Fin de semestre.  

Fin de semestre.
Autor: Desconocido
Fecha: 20-04-2009

Mónica nos cuenta cómo mantuvo una aventura con el novio de su compañera de piso y el polvazo que tuvieron tan increible.

Vivía entonces en un pequeño departamento junto con tres amigas que, al igual que yo, habían elegido una universidad lejos de su casa. El semestre había terminado y dos de ellas habían emprendido el regreso por vacaciones. Andrea, mi compañera de cuarto, y yo, habíamos tenido que quedarnos por cierto examen cuya fecha era la última del calendario.

El día previo al examen, Andrea había ido a despedirse de unos familiares que vivían en el otro extremo de la ciudad; yo me había quedado para prepararme para la evaluación. Mientras estudiaba, escuché que alguien llamaba a la puerta, así que acudí a abrirla. Se trataba de Emilio, el novio de Andrea, quien había quedado de verla a esa hora. Cuando lo vi no pude evitar una maliciosa sonrisa producida por el recuerdo de una plática que en días pasados había sostenido con Andrea, en la que me había puesto al tanto de las "travesuras" que realizaban juntos.

Le comenté que Andrea no estaba, pero que se suponía que no debía tardar, así que si deseaba podía pasar para esperarla. A lo cual accedió tomando asiento en la sala. En ese momento, una sensación de vergüenza recorrió mi cuerpo: su mirada extrañada me recordó que mi presentación no era la más discreta. Por no esperar ninguna visita, había permanecido en camisón toda la mañana y así me había encontrado él. El problema no debería ser mayor si no fuera porque se trataba de una prenda demasiado transparente de la cual mis compañeras de departamento se mofaban porque, según ellas, "se veía todo". Traté de fingir que no me había dado cuenta del asunto para no hacer mayor el ridículo, pero la sonrisa maliciosa de mi momentáneo huésped me lo impidió. Me disculpé diciéndole "perdóname por recibirte en estas fachas, no esperaba visitas", pero él me contestó algo así como "no te preocupes, por mí mejor".

Me disponía a ir a mi cuarto para ponerme algo más apropiado y así terminar con el bochorno del momento, cuando sonó el teléfono. Dudé en contestar inmediatamente por la situación, pero me di cuenta que no tenía alternativa. Mientras contestaba, con falso pudor procuraba cubrir mi desnudez, pero era imposible. Quien hablaba era mi compañera de cuarto que, tras preguntarme si su galán ya se encontraba en el departamento, me pidió que hiciera lo posible para que no se fuera, explicándome que tardaría todavía un par de horas, pues sus tíos habían insistido en que comiera con ellos.

Cuando colgué el teléfono vinieron a mí muchos pensamientos: me encontraba sola y semidesnuda frente al novio de Andrea, aquél del cual ella platicaba maravillas por ser un estupendo amante... el sólo recuerdo del rostro de satisfacción de mi amiga cuando regresaba después de haberse encontrado con su novio me causaba deseo... tenía la misión de "entretenerlo" por dos horas... hacía casi quince días que no había tenido oportunidad de salir con mi novio...

En esos pensamientos estaba, cuando sentí estallar mi corazón al darme cuenta que Emilio, detrás mío, preguntaba susurrante y casi en mi oído "¿te pasa algo?". Tardé segundos en emitir, como hipnotizada, un casi inaudible "no". Pegó entonces su cuerpo al mío quedando yo en absoluto estado de sumisión, ansiosa de pecar entre sus brazos. Mientras su aliento recorría deliciosamente mi cuello y oídos, sus manos se desplazaban magistralmente por todo mi cuerpo. Por mínimos instantes mi conciencia me reclamaba la deslealtad con mi novio y con mi amiga, pero rápidamente las maravillosas manos de Emilio me hacían olvidarlos y pasar por alto las reglas que todas habíamos establecido: no "meter amigos" al departamento.

Sin encontrar en mí la menor resistencia, retiró mi transparente vestimenta dejándome cubierta sólo por las frágiles bragas que inminentemente me abandonarían tarde o temprano. Me volteó de frente a él estrechando mis senos contra su pecho y, tras colocar sus manos sobre mi trasero, desplazó sus dedos buscando sensualmente mi entrepierna. Separé ligeramente mis muslos en señal de aceptación mientras él se abría camino haciendo a un lado la entrepierna de mis pantaletas. Sus labios en los míos, sus pectorales en mis bustos, sus "traviesos" dedos en mi bragadura... ¡me estaba llevando al cielo!

Por minutos, sus dedos se pasearon deliciosamente por lo más sensible de mí, hasta hacerme anhelar con desesperación ser penetrada por ellos. Suplicante, tomé su mano y acerqué las yemas de sus dedos a mi entrada. Comprendió mis deseos y se dio a la tarea de transportarme a la cima de la satisfacción. Mi pelvis y sus dedos bailaron con sincronía al ritmo del placer. Ya no eran sus labios en los míos ni mis senos en su pecho, todo mi ser se concentraba en sus manos y mi sexo. El cielo llegó, y con él uno de los más estruendosos gemidos de gozo que jamás haya emitido mi garganta. Apreté mis muslos disfrutando al máximo del momento y al abrir los ojos me topé con la sonrisa más dulce que jamás había visto. Sus ojos miraban orgullosos a quien seguramente era una conquista más en su vida. Yo por mi parte, sabía que esto no había terminado.

Retiró sus húmedas manos para tomar entre ellas mi cabeza. Con toda dulzura pero rostro suplicante, la desplazó hacia abajo, haciéndome entender lo que quería. Con frecuencia yo solía resistirme con mi novio a realizar la práctica que Emilio me estaba implorando, pero con él estaba dispuesta a todo. Obediente y entregada al agradecimiento del placer recibido, me hinqué a sus pies y me aboqué a desabrochar su pantalón para liberar aquel miembro que se erguía majestuoso listo para ser atendido. Le besaba mientras mi mano le aplicaba un suave vaivén que se aceleraba al transcurrir los segundos. La presión delicada de sus manos sobre mi cabeza me hizo entender su ansiedad por ser "devorado". Abrí mi boca y permití su entrada a ella. Eran ahora mi cabeza y su cintura quienes entraban en el maravilloso baile del deleite. Sabía yo que en ese delicioso balanceo, su cuerpo se impregnaba de placer en cada acometida; por mi parte me llenaba de gozo saberme instrumento de su placer. Tras algunos minutos de gustosa entrega percibí que se acercaba su momento. Sin decirme nada, sólo se retiró de mi boca y, en cuestión de segundos, con el ansia reflejada en su accionar, me recostó en el sofá, me despojó de mi última prenda y me penetró; sólo para venirse dentro mío a escasos segundos.

Permaneció dentro de mí por algunos instantes, los suficientes para sentir cómo su virilidad se reblandecía, tras lo cual me besó cariñosamente y se levantó para vestirse. Mientras lo hacía preguntaba acerca de la llamada telefónica. ¡Todo ese tiempo había estado follándome con la preocupación de que de un momento a otro podría llegar su novia! Para tranquilizarle, le expliqué lo del retraso de Andrea, a lo cual él reaccionó con una sonrisa de alivio, sentándose junto a mí y abrazándome cariñosamente.

"¿Te gustó?" Me cuestionó para hacer plática. Le confesé con toda sinceridad que no la había pasado tan rico desde hacía mucho tiempo. En aquel entonces solía tener sexo con mi novio, pero éste, además de ser inexperto, se preocupaba poco por buscar mi satisfacción, por lo que yo no disfrutaba tan intensamente nuestras relaciones. Al oír aquella confesión, Emilio no pudo ocultar su sonrisa de agrado. Me confesó a su vez que siempre había tenido la fantasía de hacerlo con la mejor amiga de su novia. Por mi parte no pude evitar el admitir que yo también había fantaseado en alguna ocasión de manera similar.

Aquella plática nos estaba calentando de nuevo, y mi estado de desnudez hizo evidente mi nueva excitación, a la que él reaccionó acariciando mis senos con ternura mientras seguíamos platicando. "¿Hay alguna fantasía que no hayas realizado?" Me preguntó como preparando el terreno. De nuevo fui sincera cuando le comenté que aún tenía muchas, pero que particularmente anhelaba que un hombre me hiciera el sexo oral en vez de pedirlo como siempre me había ocurrido. Sin mediar instante alguno entre mi última voz y su accionar, comenzó a besarme con vehemencia primero en la boca, luego en mi cuello, en mis senos, en mi vientre, en mis muslos... ¡Me llevaba de nuevo camino al cielo!

Su lengua, cual duende lujurioso, recorría con regodeo cada milímetro de mi entrepierna provocándome las más exquisitas sensaciones. Mi ano, otrora soslayado, se revelaba ante mí como maravillosa puerta de placer. Mi clítoris, agitado cual veleta por aquel húmedo vendaval que su lengua emulaba, se levantaba ufano provocándome el más excelso de los gozos. Por gloriosos instantes, su cabeza quedó prisionera entre mis contraídos muslos que se buscaban entre sí como consecuencia del éxtasis alcanzado. Mi garganta, de nuevo, no pudo evitar emitir un sonoro gemido reprimido levemente sólo por el temor al escándalo vecinal.

La situación se repetía por segunda ocasión en una hora: acababa de ser trasportada al cielo y el ángel conductor tenía derecho a usar mi cuerpo para trasportarse a sí mismo. El lo sabía. Después de dejarme descansar por unos instantes, tomó por asalto mi espalda y me colocó con rodillas y manos sobre el sofá. Entendí cómo quería hacerlo y arqueé mi espalda para facilitarle la acción. Liberó de nuevo su virilidad para inyectarla en mí sin dificultad alguna. Esta vez con menos ternura que ansia, arremetió sobre mi trasero con esa placentera violencia que sólo en el sexo existe. Habiendo visitado en sendas oportunidades la cima del gozo en tan breve tiempo, sabía yo que difícilmente podía aspirar a una tercera, no obstante, disfruté aquellos pasionales minutos. Finalmente, mi momentáneo compañero alcanzó su clímax y, exhaustos, nos tendimos a reposar en el sofá mientras el reloj nos lo permitió.

Cuando regresó Andrea encontró un cuadro libre de sospechas: su novio y su compañera de cuarto, perfectamente acicalados, platicaban "civilizadamente" en la sala. Habíamos cuidado los detalles para que ningún vestigio de la carnal escaramuza le despertara la menor suspicacia, a excepción quizá de nuestros delatores rostros plenos de satisfacción.

Después de vacaciones, una vez de regreso en la universidad, Andrea me confesó que en aquel día Emilio no había querido tener sexo con ella, no se explicaba porqué. Me sentí el ser más vil... y me gustó. En fin, estas fueron mis vivencias en aquel final de mi primer semestre de la carrera. Sobra decir que saque 10 en aquel último examen. ¡Estudiando así, cualquiera

Puedes enviarnos tus archivos a contenido@porlospelos.com
Por Los Pelos