Vivo en una pequeña ciudad del sur de España. Soy morena, pelo corto, 170, pechos pequeños, pero bien puestos y un trasero firme. Aunque no soy un bellezón, suelo recibir bastantes miradas y piropos.
Suelo ir casi todos los días a un gimnasio de mi localidad. Aparte de ir a la sala de musculación, voy a clase de aeróbic. Nuestra profesora de aeróbic se llama Sara. Mide 160, rubia, y tiene un cuerpazo que me pone a mil. Sus pechos son bastante pequeños, pero con unos pezones en constante ?pie de guerra?. Por lo menos, eso es lo que a mi me parece. Su trasero y piernas están bien firmes, sin duda a consecuencia de múltiples horas de clases y ejercicios.
Yo nunca había estado con una mujer, pero la verdad es que cada vez que iba a clase salía con una calentura que me obligaba a ducharme con agua fría antes de llegar a casa y masturbarme como una loca pensando en ella. Como dice la canción, lo que yo tenía con Sara, era una obsesión. Pensaba constantemente en ella, en que hacíamos el amor, que ella me deseaba tanto como yo? La verdad es que iba todos los días al gimnasio solo por verla, lo cual no hacía más que aumentar mi deseo y obsesión por ella.
Un día que yo no tenía clase de aeróbic (pero allí estaba en el gimnasio, como a diario), al terminar mi sesión de musculación coincidí con ella en el pasillo al término de una de sus clases. Nos pusimos a hablar sobre el tiempo, el verano y el calor que hacía. Me comentó que aunque ya había terminado de trabajar, iba a ir a la piscina a hacer unos largos para refrescarse un poco. A pesar de que no era mi idea inicial (no sé nadar bien), le dije que yo iba a hacer lo mismo, por lo que las dos nos encaminamos hacia los vestuarios.
Como estábamos charlando de forma amena, ella cogió su bolsa y vino conmigo a los vestuarios a cambiarse. De repente empecé a ponerme nerviosa y a decir tonterías al ser consciente de que ELLA iba desnudarse junto a mí. Era ya un poco tarde, y no había nadie más en los vestuarios. Mientras me contaba sus planes deportivos para el verano, iba quitándose la ropa sudada.
Yo no quería mirar y mucho menos que se me notara, pero mis ojos no podían evitar mirar aquel cuerpo que durante tanto tiempo había formado parte de mis fantasías. Yo me desnudé como pude y fuimos a las duchas a quitarnos el sudor antes de entrar en la piscina. Las duchas son colectivas, sin ninguna separación. Allí estábamos las dos desnudas, con el agua corriendo sobre nuestros cuerpos, a escasos centímetros la una de la otra.
A esas alturas, mis pezones estaban duros como rocas a pesar del agua caliente de la ducha, y notaba una tremenda excitación en mi sexo, que hasta me dolía de la ganas de abalanzarme sobre ella y poseerla allí mismo. Evité durante unos segundos mirarla más, pues estaba segura de que no podría soportarlo y terminaría haciendo alguna locura de la que sin duda después me arrepentiría.
De repente, ella comentó que le parecía que yo tenía unos bonitos pechos, que tenían el tamaño y la consistencia perfectos y que ella siempre había tenido un poco de complejo por sus pequeños pechos. Aún turbada por su observación le dije que no tenía de qué acomplejarse, que tenía un cuerpo precioso.
Al instante, ella acercó su mano a mi pecho y suavemente, movió circularmente su dedo índice sobre uno de mis pezones, los cuales estaban a punto de estallar. Perdiendo la noción de todo, me abalancé sobre ella y la besé apasionadamente, volcando en aquel beso todo el deseo y la pasión reprimidos durante meses.
Nuestros cuerpos no se separaban, nuestros corazones latían al unísono mientras el agua de la ducha seguía cayendo sobre nuestros cuerpos desnudos e inflamados de deseo. Quise saborear todo su cuerpo, sin dejar que ni un solo centímetro de su piel escapara a mi lengua, necesitada de nuevas sensaciones.
Cuando llegué a su sexo mi boca se perdió entre sus piernas, mientras mi lengua buscaba golosa y desesperadamente su clítoris, deseando agradecerle de alguna forma todo el placer solitario que me había proporcionado. Entonces sentí cómo sus piernas temblaban a la vez que varios gemidos de placer escapaban de sus labios mientras el orgasmo la hacía estremecerse. Ella me levantó del suelo y volvió a besarme en la boca, saboreando sus propios jugos de mis labios.
Nuestros cuerpos estaban pegados el uno al otro, sus pechos contra los míos, sus piernas entre las mías? Su lengua y sus dedos recorrían mi cuello, mis pechos, mi espalda? hasta llegar a mi sexo mojado y anhelante. Yo gemía de placer mientras sus dedos expertos se abrían paso entre mis pliegues más íntimos. Entonces ella paró y cogiéndome de la mano, me llevó hasta su vestuario (el de los trabajadores). ?Aquí estaremos más tranquilas?, me comentó mientras cerraba la puerta con pestillo.
A continuación me tumbó sobre el banco y colocándose encima de mí empezó la besarme los pezones, bajando hasta el ombligo. Sentí cómo su lengua recorría mis ingles hasta llegar a los labios. Entonces su lengua comenzó a estimular mi clítoris de una forma increíble (¡cómo me encanta que me lo coman!).
En aquel instante el tiempo se había detenido para mí, sumergida como estaba en aquella sensación de placer hasta entonces impensable. Cuando llegó aquel orgasmo brutal, inmenso, sentí que mi cuerpo se desvanecía en oleadas de placer hasta el infinito.