No recibirás nada a cambio, sólo el honor de adorar mis pies que, sin duda, no mereces....
Ya empieza el calor a apretar y con ello la ligereza de ropa y calzado en las mujeres. Llevo varios días bastante inquieto, y es que los ojos siempre se van al mismo sitio, a los tobillos y los pies femeninos. Me levanto todos los días pronto para ir a mis clases de máquina. Desde el trayecto del coche al centro educativo me voy fijando en esas jóvenes, maduras... féminas acaloradas y acelereradas que van pisando con firmeza el magullado y calenturiento cemento en busca de una nueva confirmación de la personalidad en las distintas facetas de la vida o simplemente, en busca del cumplimento de su rutinario quehacer diario.
Me acabo de cruzar con una chavala de unos 16 años que tiene descalzado su pie derecho y lo apoya sobre su pantorrilla izquierda. Lo mueve de arriba a abajo buscando aliviar un supuesto picor, aunque tal vez forme parte de un extraño rito de llamamiento a la adoración. Quizá esté deseando que alguien entienda ese gesto como ella lo entiende y sumisamente se arrodille a sus plantas para lamerlas. Tiene cogido de la mano a su hermano pequeño, que también mira con insistencia lo mismo que yo, lo cual me hace pensar que conoce aquel pie como a mi no me importaría conocerlo.
Ya estoy bastante cachondo cuando, de pronto, me saludan. No contesto porque voy absorto en mis pensamientos. A los tres días me lo recuerdan y le digo lo de siempre, que soy miope y hay que pararme porque si no... El caso es que termino la clase y saliendo por la puerta, me chista la encargada de la asignatura, doña Tecla, como yo la llamo, una señora madura, entre 40 y 45 años, siempre muy arreglada, excesivamente maquillada para mi gusto, con un olor fuerte - el carácter de las personas se puede adivinar por su perfume - y una mirada profunda y penetrante producto de unos ojos marrones oscuros dominantes.
- ¡ che, ven aquí que hoy no te escapas! - me dijo en tono desafiante aunque en el contexto de una reprimenda cariñosa.
- Qué te pasa, que faltas mucho...
- Ya, es que he estado fuera y ... En ese instante, clavé los ojos en sus pies y fui cazado enseguida.
- Bueno, pues es una pena porque si vinieras más... de todas formas... - entonces se echó hacia atrás cruzando la pierna derecha, mostrándome claramente el oscuro objeto de mi deseo para estar segura de lo que antes había observado - no de dejes de venir porque puedes lograr el objetivo que en cuanto a pulsaciones te has propuesto.
- No se preocupe, que le prometo venir todos los días a partir de ahora. -
- ¿Cómo sé yo que no me engañas y que vas a obedecerme?
- Pues... no se qué prueba quiere de mi obediencia...
Mirándome fijamente y esbozando una leve sonrisa maliciosa, continuó diciéndome...
- Puedes empezar por besarme los pies.-
Arrojó al suelo la chancla vaquera de una tira horizontal y tacón de aguja no muy pronunciado y comenzó a arquear la planta y a mover los dedos. Me incliné hasta tocar con mi pecho la fría losadera, quedando a escasos centímetros de su empeine. Lo primero que hice fue oler profundamente los huecos de los dedos, empapándome de un aroma muy agradable a jabón perfumado. Lo agarré con suma delicadeza por el talón y mi boca se dirigió en primera instancia hacia su delgado y huesudo tobillo. Tenía un pequeño lunar en la cruceta que lamí con ardor. Ella se reclinó completamente y apoyó el otro pie en una pequeña banqueta que tenía en el despacho.
- Así me gusta, veo que vas a ser un buen esclavo. Pon la cara debajo, que quiero pisarte un rato.- Obedecí mientras seguía hablándome y frotando mi cara con fuerza...
- Eso es, te gusta, ¿verdad?, claro que te gusta. Seguro que has besado los pies de muchas mujeres, pero olvídate de todas ellas porque a partir de ahora sólo has de pensar en procurar todo el placer que puedas a tu nueva ama. Te quiero todos los días como un reloj en mi despacho a las 9, 50 horas. Cuando entre, esperarás que me siente, me descalzarás y besarás mis pies hasta la hora de la clase. Al acabar, vendrás de nuevo y harás lo mismo. Si algún día observas que los zapatos no están todo lo limpios que habitualmente suelo llevarlos, deberás lamerlos hasta que brillen. No recibirás nada a cambio, sólo el honor de adorar mis pies que, sin duda, no mereces. Y ojo, obedecerás sin rechistar porque si no, te iré paseando por todas las aulas y haré que te arrodilles delante de todos los alumnos para besar sus pies, te parezcan bonitos o no y te aseguro que ellos no van a ser tan buenos contigo como yo lo soy. -
Continuaba restregándome las plantas cuando entró la chica que se encarga de la limpieza, regordetita pero bastante guapa.
- Vaya, uno nuevo para la colección por lo que veo.-
- Ya ves, hija, parece que tengo unos pies irresistibles. Ha sido enseñárselos y al instante prácticamente ya estaba comiéndomelos con devoción. Déjale tu marca si quieres. -
Entonces, se quitó una de las zapatillas de deporte - yo seguía tumbado hacia arriba - y me metió los dedos en la boca obligándome a chupárselos. Sabían un poco a sudor pero como era temprano todavía, no estaban excesivamente húmedos.
A pesar de llevar zapato cerrado, lucía un anillo en el dedo índice con el que yo jugaba insistentemente. Lamí los huecos de los dedos con delicadeza para centrarme posteriormente en su maravilloso dedo gordo, con una uña perfecta y bien proporcionada. Luego, adoré sus plantas con la lengua mientras ella permanecía sentada en la mesa del escritorio. Antes de irse, metí la cabeza en uno de sus tenis con sus pies encima para que su olor quedara grabado en mi mente. La calcé, arrodillado até los cordones y dos lengüetazos a su empeine fue la firma que le puse a mi adoración.
- Qué te parece? - Le preguntó Doña Tecla. -
- Muy bien, es un sumiso muy lindo y los chupa de maravilla. Cariño, volverás a lamer mis pies pronto, no lo dudes - me dijo antes de abandonar la sala. -
Turbado por el suceso, fui de regreso a casa pensando qué me tendría preparado al día siguiente.